
Cómo me aturde la palabra domingo. La de, la o, la eme, etcétera. Las tardes de domingo, las mañanas de domingo, los mates de domingo. Pasa que no tengo ganas de tener angustia existencial, pero empieza a llover y ¡qué tentación hacerlo una vez más! Busquémosle sentido a la vida, hagamos preguntas retóricas, escuchemos redonditos de ricota, usemos barba y veamos dos, tres, ¡cien películas del Che Guevara con Benicio del Toro!
Salgo a caminar – escucho – por la cintura cósmica del sur. Pienso: la razón que tuvo Andrés Rivera (al menos con un título), la ignominia de que la revolución sea un sueño eterno, la certeza de que todavía estamos durmiendo y que, si bien nos podemos despertar, no queremos hacerlo.
Probemos así: La revolución es un domingo eterno. Mañana empezamos. Va a ser lunes. Si si. Debilitar las instituciones, organizar milicias populares (léase del pueblo por favor), enfrentarnos al imperialismo y con nuestros padres, apagar los celulares por un minuto todos juntos, gritar que ¡viva Argentina libre! también juntos y romper todos los espejos del país y, así, difuminar el canon de belleza hasta el punto en que todos gustemos de todos y gustemos de hacer una gran orgía revolucionaria en plaza de mayo. El orgasmo será tan masivo que derretirá las armas. Cantarán los grillos, aullarán los perros y no iremos más de traje al teatro Colón, y no se llamará Colón sino del Despertar. Teatro del Despertar, funciones agotadas para la representación histórica del país (descuento jubilados y estudiantes).
Pero. Pero y más pero. Es domingo, y cuando pase la medianoche será, raramente, domingo otra vez, y así. La costumbre de nuestra burguesía intelectual. La que ama la modorra del domingo. Ver la lluvia por la ventana, alquilar una peli, desear más lluvia y mejor si cae granizo. Total, mañana combatiremos. Será anacrónico. Será violento, pero lo haremos. Basta con que el calendario diga lunes.