22/5/10

El centenario es bi

1 Es viernes, es mayo y es veintidós. Hay una propaganda en canal 7 que muestra a Borges, Fangio, Cortazar y Olmedo.

2 Ayer nomás, en el colegio me enseñaron que en Mayo de 1810, Domingo French repartió escarapelas por vez primera. No me contaron que, meses más tarde, el mismo French viajaría a Córdoba a fusilar a Liniers por contrarrevolucionario. ¿Qué pensaría la maestra que es una revolución? ¿Billiken, de qué lado estás?

3 El bicentenario innunda la ciudad, yo contemplo la historia que transcurre como un río calmo: quizás bastara con arrojarse en sus aguas para intervenir en ella.

4 Te voy a hacer una banderita. Con brillantina azul sobre un rectángulo de papel maché. Y voy a estornudar encima de ella, a ver si se dispara un moco amarillo que se parezca a un sol patricio. De esos que tienen una cara en el calcinante centro del mismo. El sol de la mañana. El de la moneda de un peso. La coronación incaica a la idea de Belgrano. Aquel prócer que, antes de ser barrio cheto, murió sumido en la pobreza.

5 En 1810 nació Frédéric Chopin.

6 Hace dos meses, en la plaza de mayo Hebe de Bonafini citó a Mariano Moreno. Transcribo: "Si el interés privado se prefiere al bien general, el noble sacudimiento de una nación es la fuente mas fecunda de todos los excesos y el trastorno del orden social. Porque la libertad de los pueblos no consiste en palabras, ni debe existir en papeles solamente. Si deseamos que los pueblos sean libres, observemos religiosamente el sagrado dogma de la igualdad."

7 Hace doscientos años todavía faltaban seis para firmar el acta de independencia. La Primera Junta, la Junta Grande, el primer, segundo y tercer Triunvirato y los directores supremos mantuvieron lo que se llamó "Máscara de Fernando", actitud consistente en fingir lealtad a Fernando VII hasta fortalecer la causa patriótica lo suficiente como para enfrentar las reacciones europeas a nuestra independencia.

8 Entonces: ¿Éramos libres en 1810? ¿Lo fuimos después de 1816?

9 Bueno, por supuesto que no. Igual hoy me levanté de buen humor y, quizás, quién te dice, de vez en cuando sea bueno, aún superficialmente, caer en los clichés nacionalistas en miras de progreso y fraternidad. Así que: País,

10 Feliz cumple.

15/5/10

No sé

No sé me importa un pito
Que mi hembra, fémina o contrapunto
Sepa volar hasta el cielo ida y vuelta
En arabescos, rulo
Espiral o firulete cósmico

Si, en cambio, que sepa
Cruzar las piernas cual princesa exenta
De inocuos protocolos
Reír en abundancia
Dejarme a veces solo

Bajo ningún pretexto
Comería yo pasas de higo
Aunque sí apreciaría extasiado
Que de sus senos en flor
Se evapore el aroma
A magnolias del poema

Que sepa coser
Y deshilachar
Que sepa abrir las piernas
Y quiera jugar
Puede correr, caminar, saltar o bailar
Pero volar, los que se dice “volar”
No sé me importa un pito

2/5/10

Occidente es un accidente


Ella se depilaba la ingle mientras manejaba. Pero no pudo con aquel pelo renegrido aferrado a su carne cual molusco. El auto giró en una esquina y no vio un remolque enorme tirado por un camión más enorme aún. Fue un estrépito fugaz, como la justicia que aplica el azar (por no decir el destino) y un sol como huevo frito se derretía en el horizonte de la ciudad. Más alla, cómodamente asentada en una Ziploc transparente, yacía una pincita plateada de depilar como la evidencia de lo que no hay que hacer al conducir. Luchemos por la vida.

(Basado en esta nota, locamente real)

2/4/10

Cuca



Hoy les dejo una crónica literaria de Clarice Lispector que leí hace unos días y me encantó. Forma parte del libro Descubrimientos, de reciente aparición. Bueno:

Cinco relatos y un tema

Esta historia podría llamarse Las estatuas. Otro nombre posible es El asesinato. Y también Cómo matar cucarachas . Haré entonces por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola, serían mil y una, si mil y una noches me dieran.
La primera, Cómo matar cucarachas, comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclara, en partes iguales, azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar se atraerían, el yeso achicharraría lo de adentro de ellas. Así hice. Murieron.
La otra historia es la primera en realidad y se llama El asesinato. Comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que me había quejado de las cucarachas sólo en abstracto, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban los caños del edificio hasta nuestro hogar. Sólo fue en el momento de preparar la mezcla que ellas se volvieron mías también. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había poseído, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de la noche. Meticulosa, ardiente, avivaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería gélidamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por los caños mientras nosotros, cansados, soñamos. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como era para cucarachas despiertas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que éste parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el área de servicio donde dormía la oscuridad, sólo una toalla alerta en el tendedero. Me desperté horas después con sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. En el piso del área de servicio allá estaban ellas, duras, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nuestro nombre, amanecía. En el morro un gallo cantó.
La tercera historia que ahora se inicia es la de Las estatuas. Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Va yendo hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y, todavía somnolienta, atravieso la cocina. Más somnolienta que yo está el área en su perspectiva de ladrillos. Y en la oscuridad de la aurora, un rojizo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se esparcen rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de adentro hacia afuera. Algunas panza arriba. Otras en medio de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy la primera testigo de la alborada en Pompeya. Sé cómo fue esa última noche, sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ansiosamente las alegrías de la noche, intentando huir de dentro de sí mismas. Hasta que de piedra se volvieron, en espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de censura herida. Otras -súbitamente asaltadas por la propia médula, ¡sin ni siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba!-, ésas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te... Ellas que, usando el nombre del amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquélla allí, la de la antena marrón sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado exactamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita de lo en vano: "¡Es que miré demasiado dentro de mí! Es que miré demasiado dentro de...", de mi fría altura de gente miro el derrocamiento de un mundo. Amanece. Una u otra antena de cucaracha muerta se agita en la brisa. Desde la historia anterior canta el gallo.
La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: Me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro los caños, por donde esa misma noche irá a renovarse una población lenta y viva, en fila india. ¿Entonces renovaría yo todas las noches el azúcar letal? Como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conducirían sonámbula hasta el pabellón? En el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada erguía. Me estremecí de perverso placer ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que reventaría mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba yo, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: "Esta casa fue desinfectada".
La quinta historia se llama Leibniz y la trascendencia del amor en la Polinesia. Comienza así: Me quejé de las cucarachas.

27/3/10

Alzheimer is not for me

El pañuelo es un espacio en blanco que tiene la elocuencia de todos los colores amalgamados. Una madre, una plaza, el color bronceado de la memoria, un oxímoron hermoso: desaparecidos presentes, ahora y siempre, ahora y siempre.

16/3/10

Infanta 3


Mi hermano, por ser el menor, era el capitán Monasterio. Mi padre, por ser el panzón, el sargento García. Yo no esperaba que salga la luna aunque sí tenía un corcel que, si bien distaba de ser Tornado, barría bastante bien.
Especie de híbrido entre trovador renacentista y Robin Hood latino, El Zorro amenizaba mis almuerzos y desvelaba mis trasnoches cuando canal trece se quedaba corto de programación.
¿Será lo antisocial que representa un zorro enmascarado? También adoré al murciélago huérfano de Ciudad Gótica, y a todos sus enemigos y, aunque los añoro, no dejo que mi infancia menemista privatice aquellos momentos tan míos: de vez en cuando me tomo un yogur de media hora y me pongo un antifaz que no solo no oculta, sino que me descarna.

2/3/10

Yendo del living a la cama

Tengo un cuchillo entre los dientes y exudan sangre mis ojeras. Que salga el sol, que salga, para disimular mi adicción al mate y, entonces, despabilarme y pedirte, princesita de manteca, piel de púa, que no te asustes si entre pan lactal y dulce de rosa mosqueta, te empiezo a desayunar.

19/2/10

Si es que para de llover


La humedad de los cuerpos no era nada sensual y la ropa se nos pegaba como una canción de Nino Bravo. Éramos treinta muñecos de barro (¿embarrados?) y alguien en el fondo del colectivo puteó con ganas a Mauricio Macri. Una mujer al lado mío atendió un celular que la llamaba a gritos y luces: -Hola, sí sí, estoy bien, pasa que nos quedamos varados en Juan B. Justo y Boyacá hace como una hora, hay medio metro de agua…-
Creo haber llegado a casa, creo haberme dado un baño caliente pero no estoy seguro. Tengo la sensación de que sigo con el agua al cuello, aunque esté seco, en mi cama y con una humeante taza de café negro sin azúcar entre las manos.

15/2/10

Domingo 4 p.m. Soler y A. Jonte

¿En qué momento ese agravio, quizás justificado, salió de la nonagenaria boca del nonagenario? Quizás haya estado latente por horas durante la reunión dominical en el centro de jubilados 12 de octubre, quizás me pasa que cuando camino pienso más que cuando pienso y por eso soy de los que se dan vuelta para ver con ojos desinteresados la escena: dos viejos que juegan al truco. Uno solicita al otro un cigarrillo. Este le responde que no tiene, que dejó de fumar. Sigo caminando pero alcanzo a escuchar, como un jinete sonoro montando un caballo de aire, la enérgica réplica: ¡Viejo rata, andate a la puta que te parió!

20/1/10

En la montaña del Hielo Azul

alguien contó eso de que algunas de las estrellas que veíamos ya no están, y queda su imagen en nuestra retina porque todavía su luz está viajando hacia nosotros. Y uno se queda mirando a la nada, que parece tan llena de estrellas.